Susurros alrededor

Daniela despierta abruptamente unos diez minutos antes de que el bus entre a la ciudad; un momento después encienden las luces y ella parpadea varias veces para adaptar la vista. No recuerda cuándo se ha quedado dormida. Bosteza y se estira sujetando firme en una mano el libro que venía leyendo. Mira el reloj en su muñeca y vuelve a bostezar: las seis y media; lleva más de doce horas ahí sentada. Se pregunta si todavía recordará cómo caminar cuando el bus se detenga.

Se saca una liga de la muñeca, y recoge su largo cabello rubio y rizado en una cola por sobre la cabeza; sigue llegándole hasta la mitad de la espalda. Se refriega los ojos; son cafés, pero se ven dorados con la luz fría y tenue dentro del bus. Asimismo, su piel parece aún más pálida de lo que ya es. «Como un vampiro» decía odiosa su vecina de enfrente. «Entonces usted debe ser la vieja bruja» le contestaba Violeta, la más pequeña de las hermanas de Daniela.

Guarda el libro en su mochila y aprovecha de sacar el tubo ya abierto de papas fritas para comerse lo que le queda. Es lo último que su madre le ha echado en el equipaje cuando se han despedido durante la madrugada en San Antonio. El pequeño y perdido pueblo del que es oriunda con suerte logra ver el sol un máximo de veintisiete días en total al año, tiene una población de casi cuatro mil habitantes, y Daniela ha salido de él un total de tres veces, ésta siendo la tercera.

Devuelve el tubo vacío a la mochila y se encoje en su asiento. Está pensando en su familia, en sus hermanas, hermanos, primos, tíos, la vecina, su mejor amigo, toda la gente que se despidió como si se fuera a la guerra, cuando en realidad sólo partía a la universidad; nada tan terrible, no, ¿no?, no. Pero extraño. Nuevo. Y lejos.

Pero para su madre bien podía estarse yendo a la guerra, porque nunca se sabía con Daniela, en qué peligros iría a meterse, los riesgos que iba a correr… Prueba de ello eran la multitud de cicatrices que exhibía sin reparos en esos escasos días de sol.

Tiene una marca en su oreja derecha de un accidente cuando tenía seis años, cuando uno de sus hermanos la mordió hasta sacarle sangre, y en sus rodillas hay cicatriz sobre cicatriz de tantas caídas, pero la que más llama la atención, según su madre, es la quemadura en su brazo izquierdo de cuando impidió que le cayera una tetera encima a su hermana, la segunda después de Daniela.

Deja salir un suspiro y mira por la ventana. Hay muchas luces y muchos anuncios, una diversidad de gente como no había visto antes, y todos parecen ir apurados a algún sitio. Se le aprieta el estómago y abraza su mochila; después de todo, sólo tiene diecisiete años, y es la primera vez que está sola tan lejos de casa.

Cuando el bus se detiene, Daniela sale medio contorsionándose de su asiento; no suele ser fácil medir un metro setentaicinco. Tiene poco tiempo, pero trata de tomarse las cosas con calma para bajar y recoger su maleta. Aun así, la ansiedad la carcome. Por cada minuto que demora en llegar al paradero 27, se le produce un nuevo tic nervioso, y acelera un poco más el paso; mira en todas direcciones, y no se ve una sola alma en la carretera. Faltan tres minutos para las siete, aún no debería haber pasado el bus de la universidad, ¿no? No, claro que no.

Se sienta y saca su libreta para repasar las cosas que tiene que hacer cuando llegue, y calmar un poco sus nervios. Tacha lo que ya ha hecho, garabatea cosas aquí y allá, arranca una página y está comenzando a escribir otra cosa en la siguiente hoja cuando oye un motor de carga pesada acercándose. Se para de un salto y devuelve la libreta a uno de sus bolsillos traseros; el bus se detiene algo más adelante. Por poco; o habría tenido que esperar media hora el próximo.

El auxiliar baja a recibirle la maleta, le amarra una etiqueta y le estampa un adhesivo de la universidad. Ya arriba, avanza rápidamente casi hasta el final y procura sentarse sola; es sólo media hora hasta el campus, pero no quiere hacerla una media hora de incomodidad para ella y un extraño.

La universidad de Daniela solía ser parte de un fundo. Se encuentra fuera de la ciudad, hacia el sur, y ocupa ciento setenta hectáreas, de las cuales sesenta son parte de un bosque con una laguna, y veinte están siendo utilizadas actualmente por conjuntos habitacionales destinados tanto a alumnos como a trabajadores que postulen a distintas becas. La entrada principal se encuentra a doce metros de la carretera, desde donde uno se puede dirigir al estacionamiento norte, sur, y subterráneo. Los recintos deportivos se alinean a cada lado con la arboleda que da paso hasta el lago.

Es, por decir lo poco, gigante.

Cuenta con cinco bibliotecas distribuidas estratégicamente, dos subterráneas, y todas enormes. Hay con seis comedores disponibles para los alumnos, y uno para funcionarios y profesores. Tiene unos quince puestos de comida al paso, y afuera de la entrada principal usualmente se instala una feria con tiendas de distintas chucherías y de comida alternativa. Todos los edificios de clases tienen un letrero a la entrada que indica la facultad a la que pertenecen, y los bloques de apartamentos están numerados; hace años perdieron el orden original debido a las reiteradas remodelaciones, reedificaciones, y adaptaciones que han sufrido las instalaciones de la casa de estudios.

Del bus se bajan con Daniela tres personas más: dos chicas mayores que ella y un muchacho de su edad. Frente a sus narices hay un letrero con una flecha y un mapa con números. El #1 indica hacia la recepción, lo suficientemente cerca de la entrada principal para que la caminata hasta ahí no sea tan incómoda. La secretaria de turno se llama Adela, y los recibe amablemente uno por uno, activando su ingreso en el sistema e informándoles de la habitación que se les ha asignado aleatoriamente.

—Oh, te ha tocado la trescientos veinticuatro —las chicas que llegaron con ella empiezan a hablar como si las acabaran de conectar a un generador industrial, habría que estar muy atento para pillar realmente lo que se están diciendo, pero algo sí es claro: no paran de mirar a Daniela de arriba abajo—. Supongo que querrá cambiarse, déjame revisar —.

—¿Por qué? ¿Está muy lejos de mi facultad?

—No, no, de hecho, es el que corresponde a su facultad.

—¿Entonces? El problema que tenga, no se preocupe, ya lo solucionaré.

La secretaria la queda mirando con incredulidad, y corrobora tres antes de enviar la solicitud de su Tarjeta Universitaria Multipropósito, sólo entonces procede a indicarles qué trámites les restan por hacer y el tiempo que les queda para hacerlo. Entonces, les pasa un mapa, y los envía al paso #2: Foto para la credencial.

La fila está vacía, y quedan tres chicos con playeras amarillas que dicen «estudiante» operando las estaciones de fabricación de tarjetas. A Daniela le toca con un chico algo mayor que ella, rubio cobrizo, de pelo rizado y mirada distraída, muy alto.

—Daniela Hawkins, ¿Cierto? —ella asiente sonriente— Ya, esto toma solo unos minutos. Siéntate aquí, ya, sonríe… Otra vez, parpadeaste.

—Oh, ¿en serio? Disculpa, yo —él le sonríe burlón.

—Tranquila, es broma. Saliste estupenda. 

Daniela se ruboriza. Él empieza a teclear algo en la computadora que tiene adelante.

—Ten cuidado de no perderla, con esta tienes acceso a tu habitación y a las bibliotecas, algunas salas la requieren también.

—No lo haré, soy muy cuidadosa con estas cosas.

—¿Y a qué entraste en Ciencias Sociales?

—Antropología biológica.

—Guau... ¿Qué es eso? Jaja.

—Es —Daniela duda, le queda mirando mientras extrae su tarjeta de la máquina— el estudio del hombre, por decirlo así, de los procesos físicos que ha sufrido y su evolución.

—Genial —comenta sonriéndole hasta que mira su identificación—. Oh... Estás en la tres veinticuatro. ¿Vas a ir a cambiarte?

—No. ¿Por qué debería?

Él la queda mirando boquiabierto, pero no alcanza a contestar, ya es el turno del chico siguiente.

El bloque tres se encuentra entre el departamento de ciencias sociales y ciencias biológicas; solían ser los laboratorios, pero fueron adaptados hace seis años, cuando tuvieron que ampliar la cantidad de departamentos para chicas; aunque no sea evidente y sólo parezca un edificio antiguo, Daniela lo nota.

Baja al subterráneo a por su maleta, al cuarto 003. La chica que está de turno en la administración es menuda, pelirroja, de rasgos muy finos y cara llena de pecas. Saluda a Daniela muy animada, y ésta necesita apoyarse en el mostrador, siente que se le ha subido la presión y su estómago se ha dado vuelta sobre sí mismo. Así que responde con lo único que es capaz, y le dedica una sonrisa nerviosa.

—Tú eres Daniela, ¿no? —asiente— ¡Bienvenida al bloque tres! Yo soy Fernanda. Mira, tus cosas llegaron hace nada, sólo tienes que firmar aquí y te las puedes llevar. ¿Necesitas que te enseñe a usar el montacargas? —Daniela traga audiblemente y niega—. Oh, de acuerdo. Si necesitas ayuda estaré aquí hasta las ocho y veinte. Y recuerda que la cena es hasta las diez.

—Muchas gracias —contesta sonriente y firma.

«Oh, sí, eso ha salido excelente» piensa mientras analiza el montacargas para descifrar cómo hacerlo funcionar. Al cabo de un rato, lo logra, y sube triunfal al segundo piso. Justo frente a las puertas del elevador, ahí está, la habitación trescientos veinticuatro.

Pasa su credencial frente al lector, se enciende la luz verde y gira la manilla. Daniela está sorprendida, esperaba algo más ruinoso, más vacío, y… quizá no tan espacioso.

Hay tres literas, una a cada lado de la habitación al entrar, y otra al fondo, frente al apretado cuarto de baño. Están compuestas por una cama arriba y un escritorio abajo, acompañadas a los pies por un armario mediano y de aspecto algo enclenque.

Antes de las camas, separado por un mesón y con piso de baldosa blanca, hay un pequeño espacio al cual podría llamársele cocina, cuenta con un refrigerador pequeño, una alacena con platos, vasos, tazas y cubiertos para exactamente tres personas, y una cocina eléctrica con dos platos. Frente a esta, la única ventana accesible del cuarto, completamente abierta.

Daniela realmente no ve problema alguno con la habitación.

Una de las literas, la que hay a continuación de la cocina, claramente tiene dueña. La cama está deshecha, y el escritorio cubierto de apuntes desordenados y dibujos meticulosamente ordenados. La cama de al fondo no parece ocupada por otro ser vivo, pues está atestada de libros desperdigados y amontonados. La tercera cama, justo frente a la entrada, está vacía.

«Será la mía, supongo».

Del cuarto de baño, por la puerta entreabierta, sale música grunge y el sonido del agua corriendo. Daniela cierra la puerta tras de sí con sumo cuidado, para no asustar a su única compañera, y empieza a desempacar en silencio. Deja su mochila sobre la silla con rueditas del escritorio y abre la maleta en el piso; no le toma mucho vaciarla, la había ordenado meticulosamente en casa. Después ordena su escritorio, cuelga la mochila, guarda la maleta y se sienta a continuar su lectura, pero su compañera está cantando, y canta bonito, hace que le cueste concentrarse en su libro.

Al cabo de un rato, corta el agua y sale del baño con el cuerpo y el cabello envuelto en toallas, directo hacia su litera.

«¿Me habré vuelto invisible?». Daniela deja el libro sobre la mesa y se levanta procurando no sobresaltarla. El problema radica en que la muchacha realmente no se ha percatado de su presencia. Así que cuando Daniela le habla para presentarse:

—Hey, hola, soy —sucede que al mismo tiempo la aludida se quita la toalla que cubría su cuerpo.

Ambas quedan heladas. Daniela se voltea inmediatamente, agarra su almohada y entierra la cara en ella. Siente sus mejillas y orejas hirviendo.

—Lo siento, lo siento, perdón, lo siento.

Repite una y otra vez, mientras escucha atentamente si la otra chica llegara a moverse. Luego de un momento, su compañera inhala hondo y se descontractura la espalda tomándose su tiempo. De la cabecera de su litera descuelga una bata de baño, se la pone encima con toda calma, y finalmente se voltea.

Daniela está deshecha de los nervios y la vergüenza. La otra muchacha mantiene una expresión impasible.

—Tienes que mirarme si pretendes presentarte.

Toma aire y se gira muy lentamente. Para empeorar aún más las cosas, su compañera es realmente hermosa, y tiene los ojos más verdes que ha visto en su vida, pero no es capaz de sostenerle la mirada.

—Daniela —contesta escuetamente.

—Daniela. Ya. Mi nombre es Natasha. 

La interacción se detiene ahí. Una vuelve a leer, y la otra a vestirse, pero ambas se sienten bastante desconcentradas debido a la presencia de la otra. De vez en cuando se dedican miradas de soslayo, pero nunca se percatan de que la otra también la está observando.

—¿Ya te entregaron tu TUM? —habla Natasha de pronto, y a Daniela se le cae el libro de las manos.

—¿Mi qué?

—TUM. Tarjeta Universitaria Multipropósito.

Toma la suya de su escritorio y se la muestra brevemente; Daniela no alcanza a ver la foto, pero sí su apellido: Románova. Necesita apretar los labios para no reírse. Así que está viviendo con la viuda negra.

«Fitting» piensa al ver la vestimenta de su compañera.

—Oh, sí, ya tengo la mía —contesta enseñándosela, y Natasha la mira detenidamente.

—Hawkins. ¿Cómo el pueblo de «Stranger Things»? —Daniela suelta un suspiro y asiente— Mh. Interesante. Bien, yo saldré ahora. No esperes que llegue alguien más, no ocurrirá. Puedes cambiarte en cuanto te aprueben la solicitud, o ahora, me da igual. Adiós.

Toma de su escritorio una mochila casi vacía y bastante desgastada, también negra, y se marcha sin más.

Daniela no piensa mucho al respecto. Supone que eventualmente las piezas irán encajando, siempre sucede así.

Saca su laptop e ingresa a la red de la universidad. Activa su cuenta, descarga los documentos faltantes para la matrícula y el programa de sus clases, hace un archivo para cada una, averigua un poco sobre sus profesores, y finalmente revisa donde queda cada sala y a mano alzada se hace un horario que guarda junto con su TUM.

Lo medita un instante. Luego tipea el nombre de su compañera en el buscador del portal académico. La foto está bloqueada, pero le ofrece el correo electrónico institucional, la unidad académica (Artes) y el bloque donde vive.

Se queda mirando la información un segundo, y luego cierra la página y borra el historial. Ya la conocería mejor, tarde o temprano. Ahora sólo le preocupaba alimentarse antes de que cerrara la cocina.

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