5. Querido Diario: La cooperación lo es todo.

 

Día 16 — Hero, 31 de Hermes. Año 6512.

 —¿Has hablado con ella otra vez?

—No —contestó con sequedad mientras caminábamos a nuestra clase.

—¿No la has visto acaso? —Guardó silencio y mantuvo la mirada en el horizonte—. Realmente no creo que fuera necesario tratarla… así.

Me miró de soslayo e hizo lo más cruel que es capaz de hacer conmigo: Alargó el paso, obligándome a apurarme o vivir la humillación de tener que trotar a su lado. Ni siquiera era tanto más alta que yo, creo, pero sí lo suficiente para hacer eso.

—No huyas —la agarré del brazo con la menor brusquedad posible, más colgándome de ella que sujetándola—. Tienes que cooperar. Conmigo, y con ella. Para bien o para mal, es tu compañera, y vas a tener que bancarte esto y aprender lo que sea que tengas que aprender de ella.

Se detuvo en seco y me miró con una rabia que sólo podía venir de la frustración.

—¿Qué podría yo tener que aprender de ella?

El ego de mi amiga podía ser más grande aún que el de mi madre.

—No soy quién para saber. Pero podemos averiguarlo juntas. No te voy a dejar sola en esto, ¿okay? Jamás.

Soltó un suspiro y relajó un poco los hombros. Le tendí mi mano y ella la tomó casi de inmediato, pero se soltó luego de un par de segundos, como siempre.

—Está bien. Está bien, gracias.

Seguimos caminando en silencio, pero sabía que esa tranquilidad no le iba a durar mucho. Al fin y al cabo, más tarde tenía sesión de Estrategia, y si les tocaba con el profe incorrecto, las pondrían en el mismo grupo de inmediato.

Cuando nos despedimos para ir a nuestras clases por separado, revisé una última vez su horario y el mío. Justo tenía una ventana en el horario que ellas tenían juntas, así que decidí ir de público a la sesión. Después de todo, a veces el espectáculo valía la pena. Podría acompañar de cierta manera a Natasha. Y tal vez, si estábamos con suerte, podría entender qué era lo tan valioso que mi amiga necesitaba aprender de esa chica.

El día se sintió eterno, hasta que por fin pude ir a echarme en las butacas de observación del arena, con mi colación tan sana que aburriría a un pájaro; las dietas a las que me sometía mi mamá eran frustrantes, pero al menos ya tenía mi minuto de descanso.

Todas las gradas estaban casi en completa oscuridad, para evitar cualquier distracción de la clase. Eran aproximadamente unas treinta personas, tal vez un par más. Los habían hecho cambiarse, estaban usando el uniforme de entrenamiento de combate, que era más o menos una versión alternativa del de Caballero, hecha de tela, reforzada en codos y rodillas, y con una pechera que apenas protegía de una pelota lanzada con mucha fuerza.

Pese a ello, pude reconocer a Adira en la distancia porque seguía usando sus gafas oscuras. Me pregunté por qué Dirección le permitía usarlas, ¿cuál era realmente su propósito?

El profesor hizo sonar un silbato y los alumnos se agruparon a su alrededor.

—Espero que estén todos listos —sonó su voz en los parlantes—. Hoy tenemos una nueva compañera, Adira —la apuntó y ella simplemente hizo un gesto de saludo general con la mano—, y una nueva práctica de operación de sigilo.

Hizo un chasquido con una mano, y se encendió la simulación del arena. Era aparentemente una ciudad amenita[1] abandonada que el hielo de la tundra estaba reclamando. Ciertas zonas del mapa estaban oscurecidas, para que en el público no pudiéramos reaccionar desde nuestra perspectiva, pero se iluminarían cuando un grupo entrara en ellas.

—Cada equipo tendrá una tarea distinta hoy, en sus tabletas personales están sus asignaciones, reúnanse, planifiquen, y prepárense. Tiempo de llegada al punto de descenso, siete minutos.

En lo más alto del estadio, se encendió una pantalla para los espectadores, con la cuenta regresiva. Debajo de ésta, los integrantes de cada equipo con su capitán asignado; tanto Adira como Nat estarían a cargo.

Como supuse que haría, mi amiga reunió a su grupo en apenas un instante y, mirando su propia tableta, le dio sus órdenes a cada uno como si lo hubiera tenido planificado de antes. El tiempo restante lo dedicaron a ajustar su camuflaje y el equipo que utilizarían.

Adira pareció hacer todo al revés. Calmadamente, primero seleccionaron sus armas e hicieron las modificaciones deseadas a sus uniformes, y luego se reunieron sobre una tableta a conversar su estrategia.

Me pareció curiosa la dicotomía entre ambas, me pregunté qué tanta diferencia podría haber en su estrategia, y si realmente serían capaces de aprender la una de la otra. Mi amiga podía ser muy terca.

El primer equipo hizo una aproximación de comando, utilizaron trajes de camuflaje adaptativo y llevaron armadura y armas ligeras. El líder del equipo fue el primero en morir al pisar una mina antipersonal. Otros dos del equipo entraron en pánico y no supieron reaccionar, así que los descubrieron. Finalmente, los tres restantes no fueron capaces de completar su misión, que era la recuperación de información de la computadora del grupo terrorista que estaba escondido ahí.

En la pantalla, quedaron destacados con color rojo, y bajo el nombre del capitán apareció una cruz; otras tres le antecedían, pero también cinco círculos.

El profesor reinició la simulación y le dio luz verde al siguiente escuadrón, que lo hizo bastante mejor. Murió sólo uno, porque lo atacó una parvada de quirms[2]. El resto logró colocar una bomba dentro de un edificio y hacerlo estallar, que al parecer era su objetivo.

Bajo el nombre del capitán apareció un círculo, pero el equipo quedó destacado con amarillo.

Ahora era el turno de Natasha. Uno de sus compañeros le colgó al cuello una especie de dispositivo, un núcleo de memoria, y del otro extremo del pueblo aparecieron las luces y el sonido de un helicóptero. La misión me parecía bastante clara, no se me ocurría cómo eso podía salir mal. Pero podía.

Nada más iniciar, se encendieron sirenas, y las calles se llenaron de tropas en vigilancia, buscándolos. Natasha fue guiando el camino hacia el punto de extracción, avanzando cuidadosamente por los callejones y edificios vacíos, encargándose sin piedad de quien se cruzara en su camino, pero sin mirar atrás cada vez que uno de sus compañeros caía en combate. Al final, sólo quedaban ella y uno más, que necesitó sacrificarse y llamar la atención de los soldados enemigos mientras Nat se escabullía hasta el helicóptero. Pese a la matanza, ella lucía satisfecha, había cumplido, aunque con demasiadas bajas para mi gusto. Sin embargo, el equipo quedó destacado en rojo, y bajó su nombre apareció una cruz, antecedida por varias más.

Cuando llegara la hora de las revisiones, tendría que acercarme mucho para lograr oír qué le dirían a Natasha, aunque ya me lo podía imaginar. Y ella me lo iba a contar. Pero quería oírlo igual.

Un par de grupos más pasaron hasta que fue el turno del equipo de Adira, que rápidamente capturó toda mi atención: en la simulación se hizo de noche, y comenzó una ventisca.

Avanzaron en bloque hasta llegar a un edificio de considerable altura, donde se detuvieron escondidos. Intercambiaron unas pocas palabras, dos de ellos se alejaron en direcciones distintas, y entre Adira y otro más ayudaron a un tercero a empezar a subir por fuera la edificación a sus espaldas, que desde nuestra perspectiva lucía absolutamente vacía; cuando éste llegó al techo, Adira y los tres acompañantes que le quedaban ingresaron todos al mismo tiempo por una ventana en el primer piso. Adentro había seis insurgentes, eran un equipo de vigilancia, y su primera reacción fue encender la alarma silenciosa; en un puñado de edificios cuidadosamente distribuidos se empezó a oír movimiento.

La mayoría de las personas en las gradas estábamos expectantes, habían cometido un error, estaban en desventaja, así que ahí moriría el primero. Natasha estaba tensa, observando la simulación con los demás estudiantes. Tarde nos dimos cuenta de que ese no era el lugar que teníamos que estar viendo.

A un extremo del pueblo, se escuchó el estallido de una granada, gritos, y luego la explosión de una bomba de humo. De otro lado, tres disparos consecutivos, y ningún ruido a continuación. El bullicio en el resto de los edificios se aceleró, y empezaron a salir tropas desorganizadas a las calles.

En el edificio inicial, en el tejado se había instalado cómodamente como francotirador el muchacho que lo trepó por fuera, mientras que el primer piso estaba Adira demostrando que no sólo era fuerte, sino que también ágil, y tenía una facilidad para esquivar varios golpes a la vez que le permitía ser la distracción perfecta mientras sus compañeros se encargaban de los poco entrenados guerrilleros, tumbándolos uno a uno.

Nada podía borrar el estupor en la cara de mi amiga. Parecían un escuadrón de elite.

Todo el equipo, exceptuando al francotirador, siguió avanzando por su propio camino, hacia un mismo objetivo: el edificio al cual se estaban dirigiendo las pocas tropas que seguían manteniendo el orden. Cuando llegaron allí, Adira detuvo a sus compañeros, y fue ella quien dio el paso en falso. Echó abajo la puerta de entrada, y de inmediato la alcanzó un tiro en el estómago. Cayó de rodillas al piso, aparentemente abatida, pero tras ella aparecieron los dos lobos solitarios, arrojando dentro todo el arsenal de granadas que llevaban consigo. No fueron los únicos: el resto del equipo estaba lanzando el mismo tipo de munición a los demás pisos del edificio.

Mientras tanto, en el silencio y la oscuridad de una pequeña casa al lado opuesto de la calle, se abrió otra puerta, y salió un escuadrón resguardando a un único individuo.

El disparo fue casi instantáneo. La bala atravesó todo el pueblo hasta llegar al cráneo del objetivo, reventándole la cabeza.

Entonces, la simulación acabó.

Bajo el nombre de Adira apareció un círculo, único. Sin embargo, el equipo quedó destacado en amarillo. Me imaginé cuál era el problema, aun así, no creí que valiera esa calificación.

Al terminar las demás misiones, la mayoría del público se retiró. Yo me acerqué al borde del escenario con todo el sigilo posible y me escondí agachándome por debajo del pequeño muro.

—Señorita Natasha —escuché a penas la dura voz del profesor—. Quien dijera que uno no tropieza dos veces con la misma piedra, no la conoció a usted. “Misión: El equipo debe resguardar y recuperar el dispositivo de memoria, bla, bla, bla, para luego decodificarlo y entregar un informe con lo descubierto”. ¿Acaso usted va a decodificarlo? ¿O puede pilotear el helicóptero sola? No me conteste, no me interesa si sabe hacer ambas cosas, el propósito de un equipo es que todos cumplan su rol, y el suyo era resguardar la información, y a su equipo.

Mi amiga debía de estar hirviendo de la rabia.

—Señorita Adira. Su hoja de exámenes no mentía. Muy bien, muy bien. Le puse el equipo de trabajo más pesado —entonces me asomé ligeramente por el borde y los observé, estaban lejos de parecer el equipo comando que acababan de ser— y supo manejarlo, estoy impresionado. Pero el trabajo del capitán no es sacrificarse a sí mismo por el equipo, es liderar, asegurarse que todos los soldados posibles completen la misión con él. Reevalúe su estrategia la próxima vez y haga algo que no involucre un “sacrificio heroico”. En la guerra no hay héroes, sólo soldados caídos, y a mí me sirven únicamente los soldados vivos.


 


[1] Pueblo antropomorfo en la familia de las aves mayores. Construcciones similares a aquellas de la cultura azteca, mezclada con templos de arquitectura jemer.

[2] Léase “Cuirms”. Especie de reptil albino emplumado y alado, principalmente carnívoro, que caza en conjuntos de 10 hasta incluso 24. Aunque muy pequeños, se les considera extremadamente peligrosos, pues son el superdepredador de su ecosistema. Son prácticamente invisibles al ojo humano desnudo.



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