15. Дневник (dnevnik) [Diario]: Algunas aclaraciones.
Ofelia seguía ocupada en removerle las
telarañas a una de las mochilas, mientras Atenea estaba de cabeza dentro de la otra buscando algo, sacando una cosa tras otra que yo no alcanzaba a ver, y mis
amigas estaban conversando entre susurros. Cuando me acerqué, me agarraron una de
cada brazo y cerraron filas nuevamente.
—¿Por qué tienes la sangre azul?
—¿Qué?
—Eso. Ellas dijeron que eres la princesa
porque tienes la sangre azul.
—¿Qué se supone que significa? ¿No era una
especie de metáfora?
Lo pensé por un momento. En realidad, me
causó dudas cuando lo dijeron, pero no me pareció lo más relevante de la
conversación.
—Bueno… debo tener algún componente que ha
reaccionado con el aire de acá, supongo.
—Y, ¿Qué hay con las «habilidades» que
desarrollamos? ¿Será el aire también?
Entonces caí en la cuenta de algo más
significativo que todo lo que habíamos hecho y dicho hasta el momento desde que
llegamos allí: Mi biología no era la única que había reaccionado positivamente.
Yo era la princesa perdida, de acuerdo, provenía de allí o lo que sea. Pero
estábamos en otro planeta, y mis amigas seguían respirando bien, no tenían
síntomas de nada extraño, aparentemente habían respondido como cualquier otra
criatura del mismo mundo. Eso daba paso a más dudas y más preguntas, realmente:
¿Cómo había más humanos allí? ¿También tendrían «súper poderes» como nosotras?
¿Qué otros se podían presentar? ¿Había alguno que pudiera resultar en un
peligro para nosotras u otras personas? ¿Eran permanentes?
Demasiadas preguntas se agolparon en mi
cabeza de pronto. Necesitaba respuestas.
Miré a nuestras nuevas amigas alienígenas,
poniéndose sus mochilas.
—Y, ¿qué hay con el nombre?
Todas miraron a Paz en silencio.
—Ese es su nombre —le contestó Zara.
—No —su seguridad era admirable—, se llama
Adira.
—Adira es mi segundo nombre. El primero
—tomé aire y solté un suspiro cansado— es Lyudmila.
Frunció el ceño, e hizo una mueca con la
boca. No parecía creerme en absoluto.
—¿Mila? —dijo finalmente y asentí— Se me
hace extraño, pero ¿por qué el cambio?
Miré de reojo. Ofelia y Atenea estaban
listas, conversando, y esta última sostenía algo entre ambas manos. Nos miraron
con cautela, y yo les hice un gesto para que nos dieran un minuto más; al
menos, esperaba que el gesto fuera lo suficientemente universal. Asintieron.
—Concédeme el beneficio de la duda. Todas
ustedes saben cómo soy, cómo es Adira, pero creo que ellas necesitan de
alguien diferente.
—¿Así como Superman y Clark Kent?
—Yo creo que se parece más a Batman —dijo
Zara entre risitas, y no pude evitar reírme.
—No sé quiénes son —Fernanda estaba haciendo
puchero, probablemente sin querer.
—Feña, como Star Wars. Padme, en La Amenaza
Fantasma.
Alzo ambas cejas y sonrió.
—Ya, ya, ya, ya, entiendo, entiendo.
Sonreí. Por un breve instante, me sentí
tranquila, como si fuera un día cualquiera.
—¿Están listas? —nos llamó Ofelia en la
distancia, recordándome que no era un día cualquiera. Algo que tenía que
concederles era su capacidad para respetar el espacio personal.
—Listas —contesté, y todas asintieron
conmigo.
Ambas se nos acercaron y nos repartieron una
especie de barrita nutritiva; estaba envuelta en un papel mantequilla (o
parecido) con un sello que no supe interpretar.
—No es mucho, pero va a darles energía por
un rato.
—Son casi puras plantas, por si se lo
preguntan, y un poco de algas. Las de Atenea son incomibles, casi puro pescado
crudo, un asco.
Tomé nota mentalmente del tipo de dieta que
ambas tenían. Me pregunté si sería debido a su especie o preferencias
personales, pero no ahondé, simplemente comí; no estaba ni la mitad de
asqueroso de lo que sonaba, pero no hubiera sido mi primera opción de comida
para llevar. Las caras de mis amigas revelaron claramente que pensaban lo mismo
que yo. Sin embargo, nos comimos hasta el último bocado. Aun así, me pregunté
cuánto se demoraría alguna de ellas en vomitar; Fernanda era la que peor lucía.
—¿Me darías un poco de agua? —pregunté suavemente. Ofelia ya estaba sacando una botella de su mochila, que rápidamente le arrebaté y se la enchufé en la boca a Fernanda hasta que se vació la mitad. Inhaló hondo y me agradeció con la mirada—. Gracias —dije al devolverla—, por la comida y el agua, muchas gracias.
Me sentí extensamente examinada. Cada
palabra que decía y el cómo me movía parecía llamar intensamente su atención.
—Ya deberíamos ponernos en marcha. Pronto va
a oscurecer, y queremos llegar al pueblo de día.
«Luz» pensé, y recordé las piedras-linterna
que teníamos hasta hace un rato. Eché un ojo alrededor, y recogí la que yo
andaba trayendo. Sólo entonces mis amigas cayeron en la cuenta de que todo este
rato habíamos estado en un ambiente perfectamente iluminado, sin entender cómo.
Atenea y Ofelia nos miraron extrañadas mientras mis amigas examinaban en todas
direcciones para saber de dónde provenía la fuente lumínica hasta que, bueno,
sólo la propia fuente seguía buscando.
—¿Qué les pasa? —nos soltó Paz.
—Estás… —comenzó Zara, sin saber qué decir.
—Digamos que por fin eres la más brillante
del grupo —le contesté, y hubo un par de risitas.
(Sí, como puedes imaginar, había estado
pensando en esa frase desde que me di cuenta de que Paz era una bombilla humana.
No soy tan inteligente como para que esa clase de cosas se me ocurran justo en
el momento).
Atenea echó a andar sin el más mínimo
comentario, y Ofelia la alcanzó dificultosamente; la imagen era un tanto
chistosa para quien la viera, pero imagino que mantener un compás intermedio
entre un titán de casi tres metros y un hobbit debe haber sido complicado, o al
menos tedioso. Inmediatamente empecé a marchar tras ellas, y conmigo mis
amigas.
Me contuve unos minutos. Uno o dos. Tal vez
sólo uno. O menos. Y empecé a preguntar.
Partí con los detalles. ¿Qué hacían por
allí? ¿Por qué las habían escogido a ellas? ¿Tenían experiencia anterior? ¿Qué
tal funcionaban como equipo?
Luego pasé al otro tipo de detalles. ¿Qué
tenía que ver que mi sangre fuera azul? ¿Mi cuerpo había reaccionado con el
ambiente? ¿Tenía algo que ver con algún «poder» que se hubiera presentado?
—Para, para, para. Una cosa a la vez.
—Tu sangre no es azul por nada del ambiente,
no tiene nada de especial.
—O sea, sí, porque es tuya.
—Sí, como sea, pero no es el aire o lo que
sea. Es magia.
Atenea rodó los ojos exageradamente.
—Eso dicen.
—¿Tienes una mejor explicación? —guardó
silencio— Perfecto, entonces cierra la boca. Sí, bien, como te decía, magia.
Significa que eres la Portadora de la Luz. Es… ¿Cómo lo explico?
—La historia es larga, involucra harta
mitología, pero el resumen es este: Supuestamente existen ocho portadores; seis
corresponden a virtudes o corrupciones de las personas, y los otros dos son Luz
y Oscuridad. En esta historia, tú eres Luz.
Nos miramos con el mismo nivel de
incredulidad.
—Lo realmente importante es que es un
certificado de que eres la princesa. Cualquiera puede hacer magia, no es
hereditaria ni nada, pero ser un Portador es personificar completamente ese
tipo de magia, e históricamente, sólo en tu familia se habían presentado los
Portadores de la Luz. No se ha visto otro desde que, bueno, desde que
desaparecieron.
—Dicen que la actual reina es Portadora de
algo, quién sabe de qué, pero nunca he oído de algún truco que sea
completamente inexplicable.
—Los portales.
—Cállate.
—¿Qué? —las corté yo. Atenea soltó un largo
suspiro.
—Los «portales»… Eso por donde llegaste. No
tenemos una explicación completamente científica sobre cómo se producen, pese a
que se usan habitualmente para llegar a otros planetas. Carezco del
conocimiento necesario para explicártelo en mejor detalle, tendrías que
preguntarle a —.
—Magia.
Se enfrascaron en una discusión que duró al
menos diez minutos, pero nada de lo que dijeron me pareció particularmente
relevante. La idea de «magia» tampoco me resultaba convincente, pero «a falta
de pan hay torta»: sin una mejor explicación, eso tendría que bastar. Aunque
fuera la explicación más majareta posible.
Cuando acabaron de pelear, me agarré de la
tangente y empecé a preguntar otras cosas. Si bien no tenían una respuesta para
todo, resolvieron suficientes dudas; hay que apreciar el esfuerzo que hicieron,
la mayoría de las personas aguantan unos veinte minutos cuando mucho, y ellas
no me hicieron callar en toda la hora de caminata.
Tuve que absorber la información como una
esponja.
El planeta se llamaba Vrao. Su idioma
principal: Vrahl.
No tenían idea de la definición de una hora,
pero había 36 de ellas en un día, y se dividían en cuatro partes iguales de
nueve horas: madrugada, mañana, tarde, y noche; eventualmente aprendí que las
horas duraban casi lo mismo que en la Tierra, ve tu a saber cómo[1].
Eran ocho días de la semana: selo, aro,
hero, zero, afro, cronta, helo y hadeo. Su año constaba de doscientos
sesentaisiete, divididos en ocho meses. Dato curioso: Vrao no tiene estaciones,
pero sufre de violentas tormentas espontáneas. Tormentas de arena, tormentas de
nieve, tormentas tropicales y tifones azotaban los diferentes climas locales
del planeta. Y mejor ni hablar de la actividad sísmica y volcánica.
Vrao originalmente estaba compuesto por una
única nación dividida sólo por sus barreras físicas entre sus diversos pueblos,
cada cual con su propia jerarquía; hoy en día, permanentemente en guerra y
divididos, el Imperio (los humanos) pretendían unificarlos bajo su dominio. Las
ciudades eran escasas, y había una o dos metrópolis cuando más en cada
continente, principalmente habitadas por humanos. Las aldeas y otros tipos de
asentamientos rurales eran mucho, mucho,
más frecuentes y poseían una amplia variedad de habitantes de todas las
especies imaginables, excepto humanos.
—Es muy peligroso para ellos.
—Y para nosotros.
—La cercanía suele significar problemas.
—Los Caballeros aprovechan cualquier
interacción para, ya sabes, hacer lo que quieran.
—¿Los qué?
Ambas detuvieron y se voltearon hacia mí.
Comenzaba a sentirme como un ratón de laboratorio de tanto que me miraban y
examinaban.
—Los Caballeros del DARPA —mantuve los
labios apretados para no reírme. «¿Es en serio?» pensé—. El Departamento de
Acción y Respuestas Prácticas Autónomo.
—Un montón de bestias apiladas una sobre
otra.
—Con ellos debes tener cuidado.
—Un paso en falso significa el fin. No
tienen compasión.
Humanos en su vasta mayoría, o al menos
humanoides lo suficientemente similares a uno como para pasar inadvertidos. La
distribución de los rangos y ramas y labores sonaba bastante similar a
cualquier otro que hubiera conocido, excepto por una particularidad. Existían
dos grandes almirantes por cada rama, comandados por el General de Ejército,
sin embargo, estaban subordinados a otro cargo superior: el Capitán General.
Este último cargo era honorífico, y hereditario, ocupado únicamente por la
familia Friedman, descendientes de Víktor Friedman, la mano derecha del último
rey de «Sangre Azul». Según los registros de la URL, parte de los traidores y
usurpadores, oportunistas, y más adjetivos de índole similar.
Sonaba a algo que valía la pena estudiar por
mi propia cuenta.
[1]
En el original, añade en detalle la definición de hora en Vrao en comparación a
la definición de una hora en Tierra—3. Adicionalmente, analiza el error en la
medición efectiva y hace un desglose sobre el desfase diario, mensual, anual y
centenal.

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