16. Дневник (dnevnik) [Diario]: La llegada al pueblo neurálgico, Ka’ahl.

 

Cuando comenzaba a esconderse el sol, empezamos a escuchar el ruido de una estación de tren, matizado con el bullicio de un mercado. Estábamos a las afueras de Ka’ahl, la tierra prometida… de un plato de comida y un cambio de ropa.

Unas decenas de metros antes de la primera edificación, Ofelia y Atenea nos detuvieron para advertirnos: Ahora era peligroso que alguien, cualquiera, nos escuchara; tendríamos que cuidar toda interacción con otra criatura. Al fin y al cabo, éramos humanas, y de esos no había muchos en un pueblo como este.

—¿Y qué hacemos aquí? —pregunté inmediatamente, consiguiendo que ambas me observaran perplejas— ¿Cuál es la excusa —aclaré— de que haya un grupo de niñas humanas acompañadas por dos no-humanas?

El cambio en sus rostros fue notable. Hasta el momento, no habían pensado en eso.

Solté un suspiro. El cansancio volvió a asentarse en mis hombros. «Supongo que aquí vamos de nuevo» me dije, dándome cuenta de que, después de varios años de una vida normal, tendría que desempolvar los viejos hábitos.

Apreté ambos labios y sacudí la cabeza, pensando.

—¿Tienen un mapa? Y un periódico, o algo donde ver las noticias.

Se demoraron en reaccionar; tal vez fui demasiado brusca al hablar, pero alguien tenía que hacerse cargo. Atenea me pasó una especie de tableta medio transparente donde había distintos titulares; al presionar suavemente sobre uno se desplegaba un holograma de un video acompañado por algunas columnas de texto. Ofelia me pasó un libro tipo Turistel[1], estaba marcado y rayado en varias partes, y tan cuidado como era posible para todo lo usado que estaba.

—Ledya, ven un poco —le puse la tableta en las manos—, Zara, ayúdame con esto. ¿En qué parte del mapa estamos? —Ofelia pasó un par de páginas e indicó un punto. Le puse el libro en las manos a mi prima, que hizo las veces de marcapáginas interactivo, sujetando el mapa mientras yo retrocedía hasta el inicio del capítulo.

 

Ka’ahl y el primer puente.

Conocido como el corazón mecánico de la región de Krypto, Ka’ahl es un pueblo de patrimonio imperial cuya importancia histórica reside en su estación de trenes: la más antigua al oeste de la Gran Fisura. De tradición minera, Ka’ahl era originalmente la mayor fuente de luminita de la costa este. Hoy en día, es un puerto de intercambio comercial y la principal frontera entre tierras casi inexploradas por humanos.

 

Marcaba como puntos de interés el mercado central, la estación de policía, el correo, el hospital y el cementerio. Al norte, dentro del pueblo, estaba la estación de trenes; al este se encontraban la laguna ja-Ka’ahl y los Saltos de Jafar, ambos dentro de la «Reserva Natural Jafar», en tanto que al oeste marcaba el inicio del «Primer Puente».

Volví al mapa y escaneé en detalle, devolviéndome un par de hojas, y luego avanzando, para tener una imagen clara de dónde nos encontrábamos. Entonces revisé la contratapa de la guía, donde había un dibujo del continente que tenía coloreada el área de la cual trataba ese tomo; revisé cuidadosamente las líneas de tren hacia las únicas dos ciudades marcadas en el resto del libro: Arthur y Aktí, ambas al este de la «Gran Fisura», que era, en efecto, una gran fisura en el continente. «El ‘Gran Cañón’ se queda corto» pensé sorprendida. «Muy, muy corto…». Luego pude corroborar que las dimensiones de la fisura superaban en largo y ancho a las del Gran Valle del Rift, y su altura mínima era superior a la máxima del Gran Cañón. Sobre la mayor parte de la fisura, se asentaba una espesa niebla que no permitía ver el fondo, que permanecía ampliamente desconocido.

«Eso sí que no quiero investigarlo de cerca, ni ahora ni nunca». Tengo que ser sincera. Después de la oscuridad, las alturas eran mi segundo mayor miedo, y eso tenía de sobra de ambas. No, gracias.

Inmediatamente pasé a la tableta. En realidad, nunca se me había dado bien leer rápido, pero la súper velocidad ayudó un poco. Saqué cuatro hologramas. Tres eran noticias de la vida diaria, de hace unos cuantos días, en cuyos videos salía entrevistada gente común y corriente. El último era de ese mismo día. La periodista en pantalla era humana, si bien no había micrófono visible, se le oía fuerte y claro. Llevaba puesta una blusa blanca y encima una capa borgoña con cuello drapeado. Estaba mostrando tras ella un edificio de arquitectura greco-romana, y a continuación pasaron distintos cuadros y esculturas que tenían en archivo. Era la anticipada apertura del Gran Museo de Arte Moderno y Antiguo; ‘GAMMA[2] abrirá sus puertas la próxima semana’ decía en el titular. Iban a entrevistar a los patrocinadores del proyecto, una pareja reconocida como magnates del arte, cuando detuve el video.

—Así nos tenemos que vestir —le dije a mis amigas, indicándoles el fotograma en que detuve cada uno de los cuatro videos—. Capa, ponchito, o chaqueta con cola, pero los humanos ocupan esta clase de cosas. Los aros se pueden quedar; no sé los anillos y collares, tenemos que observar eso, la idea es no llamar la atención más de lo necesario, que ya será suficiente. Esto es bien simple: Venimos de Arthur, vamos a viajar a la costa para conocer el nuevo museo y nos desviamos para conocer este pueblo porque tiene importancia histórica. Ustedes —me dirigí a Ofelia y Atenea— son nuestra guía turística y protección personal.

Todas me habían estado mirando y escuchando atentamente, así que el silencio a continuación me hizo dudar. ¿Había dicho o hecho algo mal? Debíamos tener una historia creíble, ¿no?

Mientras más duraba el silencio, más nerviosa me ponía.

—Vas a necesitar un medallón —dijo finalmente Ofelia, sonriendo con algo extraño en la mirada—. Las familias más adineradas utilizan ese tipo de adornos para sujetarse la capa.

—Mi papá está pagando la escolta —le siguió Zara—. Odiaría que algo le pasara a su princesita.

Me guiñó un ojo y nos reímos.

—Supongo que sirve —comentó Atenea, volviendo a guardar su tableta. Le pasó su Turistel a Ofelia, y se me quedó mirando, analizándome—. Bien pensado.

Se volteó para seguir caminando, y Martina y yo nos miramos de inmediato, ambas con el mismo gesto de incredulidad. «¿‘Bien pensado’?» pasó a la vez por su mente y por la mía, cambiándonos la cara por completo.

«¿Esto está pasando en serio?» pensé sin dejar de mirarla a los ojos, y ella asintió.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —Paz interrumpió lo que sea que estaba pasando.

—¿Qué?

—Eso que hiciste ahora. A crear una historia.

Me encogí de hombros y miré al piso, indiferente.

—No conocía este lado tuyo.

Su tono era directamente seductor. Sentí mis orejas hirviendo, alcancé a preguntarme de qué color estaría mi cara, pero Ledya me salvó.

—Hay mucho que te falta por conocer de Mila —puso su mano sobre la mía, le sonrió socarrona y nos alejamos rápidamente en la dirección que había tomado Atenea. Cuando la alcanzamos, le apreté la mano suavemente y luego ella a mí—. Tranquila. Aquí voy a estar si te vuelve a molestar.

Asentí agradecida. No era desagradable, pero sí era incómodo cuando Paz me trataba así. Nunca sabía cómo realmente reaccionar. Tenía suerte de que las chicas sí supieran qué hacer cuando yo no.


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[1] Antigua guía turística chilena. Cada tomo estaba dedicado a un sector particular del país, dividido en las regiones que lo componían, y consistía en un mapa del área con puntos de interés marcados y desglosados en las páginas siguientes.

[2] Para facilitar su lectura, se ha decidido dejar el acrónimo original, a pesar de que no coincida con el orden de lectura.

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