10. Bitácora: Encuentros cercanos del tercer tipo (II).
Desperté con un extraño temblor. Eran de las
pocas cosas que podían levantarme en un segundo. Fernanda me estaba sujetando
con cuidado, su mano estaba debajo de mi cabeza. Al parecer, me había salvado
de estrellarme con el suelo. Me reincorporé un tanto confundida y ella me
tanteó la cabeza para asegurarse de que no tenía nada. Su mano, sin embargo,
estaba sangrando, y su uniforme se había rasgado.
—Pero ¿estás bien?
—Sí, sí, no es nada. Lo importante es que
alcancé a agarrarte. ¿Te duele algo?
No pude responder antes de que mis amigas
empezaran a gritar. Me volteé y ahí estaba Adira, de rodillas en el piso,
cubierta de polvo y tierra, con un brazo y parte de la espalda embarrados en
esa especie de baba azul que olía a taller mecánico.
—¡¿Qué tan estúpida tienes que ser para
salir corriendo?!
—¿Estás bien? ¿Te has roto algo? ¿Te duele
la cabeza? ¿Sientes mareos, vómitos?
—Alá, estás viva, no puedo creerlo, no puedo
creer que sigas haciéndome esto.
—Qué asco, ¿qué tienes encima? ¿por qué es
azul?
—Adi. Adi. ¿Me escuchas? Estamos bien. Todas
estamos bien.
Entonces Adira levantó la cabeza y nos
observó una por una, escaneando, y parpadeando lentamente como si acabara de
despertar. Exhaló aliviada y dejó caer el cuchillo mientras asentía.
—Porque tiene cobre.
—¿Qué?
—La… la sangre de las arañas. Es azul porque
tiene cobre y… —le costaba respirar. Lucía agotada—. Yo… me duele la cabeza —se
llevó la mano derecha a la nuca, por debajo del pelo, y cuando nos la enseñó
tenía más líquido azul, sólo un poco más claro y brillante, como si estuviera
más limpio. Adira lo olió y arrugó la nariz—. Oh, no.
—Tenemos que limpiarte, quedaste llena de
esa cosa asquerosa —dijo inmediatamente Zara, pero Adira negó.
Paz se tiró de rodillas al lado de ella en
el momento justo, cuando empezaba a desmayarse.
—Hey. Te tengo. Vamos, eres más dura que
esto. No creo que algo tan fácil te detenga, ¿no?
Adira sonrió con los ojos cerrados.
—Sólo… cinco minutos —suplicó.
—Está bien, pero sólo cinco. Ya estamos
llegando tarde a clase.
Hubo un refunfuño y un par de risas. Si
hubiera podido, creo que Adira se hubiera reído en serio. Yo también, pero
estaba demasiado preocupada. Sin Adi en pleno uso de sus capacidades, era como
si a todas nos faltara una pierna.
En mi estado de estrés, no me percaté de los
pasos, y sólo me di cuenta de los aliens acercándose cuando ya estaban
al lado nuestro. De cerca, parecían sacadas de una pesadilla.
La criatura azul se puso en cuclillas casi a
mi lado, observando directamente a Adira. Me quedé helada del miedo. En su boca
había filas y filas de dientes aserrados. No tenía labios. Su nariz era
achatada, apenas dos orificios en su rostro. Sus manos eran de seis dedos, y parecía
haber alguna especie de membrana entre ellos. Sus ojos tenían párpados como los de
los cocodrilos. Y todo esto sin contar el machete de casi un metro que tenía
colgando de la cintura. Traté de concentrarme en las cosas normales. De la
cabeza le salía una cabellera rubia, el pelo era grueso y ralo, y lo llevaba firmemente
amarrado. Una especie de dije colgaba de su cuello, era de color verde y
brillaba suavemente. Pero esos detalles no eran suficientes para hacerme sentir
que fuera una persona. Eso era un depredador que a cualquiera podría arrancarle
un brazo o la cabeza de un solo mordisco.
La criatura morada no se quedaba corta.
Bueno, sí era pequeña, pero igual de inquietante. Su piel parecía roca sobre
magma, ríos de algo rosado surcaban su cuerpo. Su cara apenas tenía sentido: en
lugar de ojos, a la mitad del cráneo había dos esferas perfectas, negras y
brillantes, prácticamente incrustadas, que tenían únicamente un punto rojo. No
había nariz al medio, pero en la frente tenía una especie de cuerno rosado de
carne que se movía cuando respiraba. Las orejas eran alargadas y puntiagudas,
sobresalían por casi una mano completa de su cabellera; que era negra y estaba
peinada en trenzas tribales.
Si ninguna se desmayaba pronto, lo haría yo
de nuevo.
Algo se dijeron entre ellas, una asintió
enérgicamente y la otra negó con suavidad.
Adira intentó voltearse, pero Paz le sujetó
el rostro para detenerla. Ambas criaturas se quedaron observándolas
boquiabiertas. Yo también miré para saber qué era lo tan interesante. En un
instante, mi amiga recuperó color en el rostro y comenzó a parpadear rápido.
Inhaló hondo, completamente recompuesta.
—¿Qué ha sido eso?
—Creo que… tú. Tú lo hiciste.
Paz la soltó de inmediato y se alejó
sacudiéndose las manos, tensa como un gato mojado.
La criatura morada le dio varios golpes en
el hombro a la azul y le habló apresurada, señalándole la situación con la otra
mano. "Azul" asintió resignada. Se sacó la mochila que traía (que yo tampoco
había notado) y empezó a hurgar hasta que encontró un pequeño frasco de vidrio
con unas pastillas blancas, más pequeñas que una aspirina. Miró el contenido
atentamente, y luego a nosotras. Nos observó con cautela, apuntó a Adira e hizo
un gesto en el aire para pedirnos que se volteara. Ledya fue la única capaz de
reaccionar.
—Parece que quieren hablarte.
Adira se puso en pie y se giró en el mismo
movimiento, sin perder ni por un momento el equilibrio, y las observó
analizándolas con toda su atención. Estirada todo lo alta que era, todavía no
le ganaba en estatura a “Azul” arrodillada.
Le mostró el frasco y lo agitó suavemente, e
hizo el gesto de echarse algo a la boca y luego beber agua. “Morada” tenía una
cantimplora en mano que también movió para dejar en claro en había algún
líquido en su interior. Ambas apuntaron a las pastillas, hicieron el gesto de
tragar, y mostraron con mímica algún gesto para simular que conversaban.
Adira alzó ambas cejas. Para sorpresa de
todas, había entendido lo que trataban de decirle. Los gestos y las mímicas
nunca habían sido lo suyo, a menos que fueran excesivamente exagerados.
—En efecto, quieren hablarnos.
Contra todo sentido común, mi amiga estiró
la mano y se echó la pastilla a la boca más rápido de lo que pudimos detenerla,
y ni siquiera se detuvo a pensar qué había en la botella antes de dar un trago.
Al instante siguiente, Adira cayó al piso llevándose ambas manos a la cabeza,
su rostro adquirió una tonalidad extraña, y se dobló sobre sí misma como si
estuviera sufriendo un dolor intenso.
—Adira —grité queriendo tirarme encima de
ella, pero Azul me puso un brazo en frente y me detuvo. Morada tenía ambos
brazos extendidos hacia mis amigas, que lucían tan congeladas como en una
fotografía.
No podíamos hacer nada, más que mirar.

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