11. Дневник (dnevnik) [Diario]: Nos saltamos el protocolo.
«Con esta píldora podremos comunicarnos» fue
lo que entendí. La advertencia se perdió en la traducción, por supuesto:
¡Cuidado! No recomendado para niños, embarazadas, ni tercera edad, puede
producir efectos adversos como vómitos, jaquecas, mareos, o un dolor
insoportable como si se fuera a morir.
Detalles, ¿no?
En cuanto la puse en mi lengua, me
arrepentí. Mi estómago se apretó y comencé a tiritar; me dolía toda la columna.
La sensación parecía demorarse tanto mientras avanzaba claramente hacia mi
cerebro. La sangre bombeando en mis oídos resonaba más fuerte que todo lo
demás. Me llevé las manos a la cabeza y la sujeté; sentía que la presión dentro
de esta era cada vez más fuerte, pensé que se me iban a salir los ojos de sus
cuencas, así que los cerré con fuerza. Era como… como si… De pronto era como si
mi cerebro estuviera creciendo y no cupiera en su espacio habitual, como si me
estuvieran arrancando vértebra por vértebra, como si todo mi cuerpo ya no fuera
mío.
—Ya va a pasar —logré entender de pronto.
Era verdad, ya había pasado. Aunque sí que se me había subido la presión.
La voz intentaba sonar suave, el tipo de
suave que usarías al hablarle a un niño pequeño o a un perro, pero… no sonaba
muy natural en ella. Abrí los ojos un tanto confundida y levanté la vista. La
criatura azul me observaba expectante, sujetando sin el más mínimo esfuerzo y
con un solo brazo a Martina que se removía enojada. Azul exageró aún más su
expresión y asintió.
«Ah. Debería decir algo».
—Hola.
«Elocuente. Espectacular. Merezco un premio
de literatura».
La criatura azul sonrió a medias, conforme,
y mi amiga se detuvo para observarme atónita.
—Hola. ¿Puedes entenderme bien? —asentí—. Me
llamo Atenea. Ella es Ofelia. ¿Puedes decirme cuál es tu nombre?
Parpadeé rápido varias veces antes de volver
a hablar. «Reiniciando sistemas». Le eché una mirada a mis amigas, inmóviles, y
luego escaneé a Atenea y Ofelia.
—Lyudmila. Pero me dicen Mila. ¿Qué… acabas
de darme?
—Es un traductor universal —contestó con
simpleza Ofelia, pero Atenea la observó de soslayo, lo que me hizo dudar de su
respuesta.
—Funciona más como un diccionario, por
decirlo de algún modo. Localiza las regiones de tu memoria dónde se aloja el
lenguaje, e implanta el significado o concepto más cercano a lo que ya conoces.
—Y… ¿por qué me ha dolido tanto?
Se observaron la una a la otra, y luego
contestaron a la vez:
—Es por tu velocidad.
—¿Mi… velocidad? —fruncieron el ceño; Atenea
abrió la boca, pero yo hablé antes— No, no, espera, esperen, mis amigas.
¿Todavía puedo comunicarme con ellas? —asintieron— ¿Cómo?
La sorpresa se dibujó en sus rostros. Al
parecer, nunca habían necesitado hacerse esa pregunta: ¿Cómo hablar un idioma
que no estuviera en el «diccionario»?
Para peor, yo no era particularmente buena
con los gestos interpretativos (o representativos, en este caso), pero habría
que intentarlo. «Espectacular» pensé sarcásticamente.
—Necesito… pueden… ¿por qué están tan
quietas?
—Yo las tengo sujetas —explicó Ofelia como
si no fuera evidente por su pose, con ambos brazos extendidos hacia ellas.
«¿Telekinesis?» me pregunté, pero no era el momento de averiguarlo. Me puse en
pie y me planté firme.
—Suéltalas, por favor.
Atenea la miró, pero ella no rompió el
contacto visual conmigo. Me pregunté si acaso había sonado demasiado
demandante, o una súplica patética. ¿Había dicho algo malo? ¿«Por favor» no
significaba lo mismo en este mundo?
Entonces bajó los brazos, y mis amigas terminaron
de ponerse en pie y se me tiraron encima, hablando una sobre de la otra, sin dejarme
entender nada. Las detuve con las manos, teniendo mucho cuidado al empujarlas;
ya estaba probado que mi fuerza se había alterado tanto como mi velocidad.
Gestualicé lo mejor posible para que
repitieran lo que yo acababa de hacer. Todas negaron enérgicamente al principio,
tal vez porque mi propia reacción no pronosticaba nada bueno, hasta que Zara
las hizo callar y tendió su mano con la palma extendida. Se tomó la pastilla de
un trago, tosió un poco, y eso fue todo.
—¿Todo bien? —le pregunté, y ella asintió de
inmediato. Tosió bastante más al darse cuenta de que podía entenderme y le tuve
que sujetar de un brazo hasta que se recompuso. Inmediatamente les hizo un
gesto a las chicas, y entonces todas accedieron. La última en ceder fue
Martina, que necesitó tomarme la manito y sólo recibió la cantimplora de mí.
—¿Ahora sí? —preguntó Ofelia entonces,
aunque su tono no era únicamente de pregunta. Estaba esperando algo más de mí,
aunque no supe identificar qué.
Sólo pude asentir. ¿Qué más iba a hacer si
no podía entender?
—¿Te puedo limpiar el brazo antes de que
sigamos? —Atenea interrumpió el momento de tensión, distrayéndome—. Estás
pálida, y quiero asegurarme de que no tengas más heridas.
—No las tiene —contestó Ofelia de inmediato,
otra vez con ese tono. Atenea la miró con severidad; ella también se dio cuenta
del cambio en la voz de su compañera.
—¿Te pasa algo? —le soltó abruptamente.
Ninguna de mis amigas disimuló cuando se pusieron tras de mí.
Sin embargo, Ofelia no me quitó la vista de
encima.
—Tómale el pulso.
Atenea me miró intentando relajar el gesto,
pero estaba tensa.
—Hay un protocolo para estas cosas, ¿sabes?
Pero mi compañera insiste en saltárselo cada vez que —.
—Tranquila, entiendo. Ten.
Estiré mi brazo derecho, el que tenía menos
sangre encima, y Atenea lo observó con curiosidad antes de ponerme dos dedos
sobre la muñeca.
—Está normal —dijo casi susurrando, y me
miró confundida—. Permiso.
Puso su mano en mi frente, para tomarme la
temperatura supuse. Estaba húmeda y fría. Yo no tenía fiebre, más eso no cambió
su expresión. Levantó la mirada, y observó con escrutinio cada milímetro de mi
rostro.
—¿Me dejas revisarte el cuello? Te diste un
buen golpe cuando la raknea te tiró contra la pared. No creí que fueras a
levantarte otra vez.
—¿«Raknea»? —preguntó Ledya.
—Es demasiado cabezadura para que un pequeño
golpe la deje fuera de combate —comentó Zara con algo entre orgullo y
exasperación.
—Eso —Ofelia indicó a la criatura inerte
tras de sí— es una raknea. La mayoría de los humanos no ven una en su vida
entera, yo personalmente nunca había visto una tan grande. Lo que Mila —se tomó
su tiempo al decir mi nombre— acaba de lograr es algo sin precedentes, creo.
Sentí la mirada penetrante de todas mis
amigas. Me volteé ligeramente y asentí sin levantar la vista del piso. La
mayoría de ellas sabían que mi nombre completo no era particularmente de mi
gusto, y el más normal era «Adira» así que ese usaba, pero algo me decía que no
era conveniente que estas criaturas supieran eso, o al menos no de momento.
Sin embargo, y por lo mismo, me parecía
mejor ceder dentro de lo razonable a sus peticiones. Así que me recogí un poco
el pelo, y ella tomó cuidadosamente mi ropa para bajarla un poco al cuello y
observar. Se le salió un suspiro e inmediatamente retrocedió como si hubiera
visto un fantasma.
—¿Qué? ¿Qué?
—¿Qué ocurre?
—¿Qué tiene?
Está de más decir que mis amigas se
desesperaron rápidamente.
—Es… Es…
—Es azul —completó Ofelia, muy segura de sí
misma—, ¿cierto?
«¿¿¿Azul???».
—Sí. Su sangre es azul.
—¿Qué significa eso? ¿Tiene alguna
infección? —de pronto, Paz entró en «modo protección» nuevamente.
Atenea tomó aire, pero no fue capaz de
contestar. Ofelia se me acercó, y Paz corrió a interponerse entre ambas.
—Cálmate un poco. Si quisiéramos hacerles
algo, ya lo hubiéramos hecho.
Con un simple movimiento de la mano, quitó a
Paz de su camino sin necesidad de tocarla. Yo di una zancada y me le acerqué
tratando de mantener el gesto más calmado posible. Ella necesitó levantar
bastante la cabeza para mirarme.
—Tienes que dejar de mover a mis amigas como
si fueran títeres.
—Ah, ¿sí? ¿O qué?
—Ofelia, Ofelia, suficiente —la detuvo
Atenea—. Protocolo. Tenemos que —.
—¿Qué más protocolo necesitas? Mírala… Ella
es la princesa.

Comentarios
Publicar un comentario