18. Reporte: Algo un poco mejor que patrullar el establo.

 

Mi dolor de cabeza comenzó cuando no encontré lo que quería encontrar.

Un animal proveniente de Tierra–3, vivo o muerto. Tal vez una persona, un adulto, ojalá ya sin vida, porque ver a alguien morir por la incompatibilidad con el entorno es bastante horrible, material perfecto para pesadillas por los próximos quince años de mi vida.

Pero ¡nada de eso! En su lugar, había indicios de pasos de un lado al otro, y luego en dirección al viejo Camino del Alba, enfilando hacia una de las minas de luminita. Cogí una de las linternas y seguí el rastro trotando a paso suave; nada me apuraba realmente, más que mi propia curiosidad, pero nuevamente no me encontré con lo que esperaba.

Una raknea adulta derrotada. Su caparazón casi indestructible estaba desprovisto de vida, pues había sido abierta por todo el abdomen. ¿Qué clase de criatura hace eso? Increíble. Comencé a pensar que no podía ser un humano lo que hubiera hecho eso, pero el corte era demasiado limpio, tenía que haber sido hecho con un cuchillo de alta graduación.

Lo agregué, con ciertas dudas, a mi reporte. Por lo menos serían fáciles de encontrar, quienes sea que fueran, no pasarían desapercibidos.

También tuve que actualizar otro reporte. Esa era una noticia que no me gustaba tener que dar.

 

16.7.6512. 27:34. C1: [Act] Policías muertos. Leer más.

 

Continué mi camino, siguiendo el rastro hasta llegar de vuelta a Ka’ahl. Sólo tenía una opción: Entrar. El problema: Hasta un anciano miope y con cataratas podría reconocerme. La solución era evidente, aunque agridulce. Me concentré unos minutos, y cambié mi apariencia. Del rubio, pasé al pelirrojo. Los despampanantes ojos azules de mi padre se transformaron en los simples ojos cafés de mi mamá. Me aparecieron pecas en la cara, me puse mis gafas (esas con la forma octogonal que tan curiosas le parecían a mamá). El mentón cuadrado pasó a uno más reducido, se me alargó la cara, mi tono de piel blanqueó un poco, y ahora tenía las venas más marcadas. Finalmente, la parte más desagradable de todas: La estatura. «Alarik» tenía una estatura normal de 175 centímetros. Pero ¿yo? Le sacaba casi quince centímetros extra. Lo único que conservé (y lo hago siempre) es la nariz recta que heredé realmente de mi papá.

Me dolió bastante. Mantener una apariencia no era terrible, sin embargo, ¿cambiarla? Iba a necesitar una buena comida de premio después de eso.

Al menos así me parecía más a mamá. Eso siempre le había desagradado a mi padre. Para mí era lo único que valía la pena, porque me hacía extrañarla un poco menos.

Después de esa desagradable experiencia, entré al pueblo un tanto cansado. El estómago me rugía, realmente me había dado hambre, así que decidí encaminarme al mercado central, las cocinerías de Ka’ahl eran las más asquerosamente deliciosas que había probado.

En el camino, fui tanteando terreno. Lo más insólito que andaba dando vueltas por el pueblo era una ársimia adolescente. Había pasado un grupo de areneros más temprano, durante la mañana. Un kabián[1] de edad avanzada llevaba toda la tarde exclamando profanidades cerca de su tienda por la cantidad de humanos que había tenido que soportar ese día en particular. La verdad es que para ser ya tarde y en medio de la semana laboral, había bastante gente en el mercado, nada parecía pronto a cerrar.

Me compré un sándwich y un té helado para llevar, y me paseé cuidadosamente entre los puestos. Había unas chicas humanas pululando por el área de las artesanías. En una de las tiendas, un hombre (humano) estaba discutiendo con el kabián cascarrabias. La ársimia se encontraba vigilando a las humanas como si de un tesoro se tratara, así que me mantuve alerta a cualquier cambio en ella.

Por el patio de armas y armaduras, había cuatro Caballeros estacionados; entre ellos, reconocí al primo de James. ¿Cómo así? Si estaban todos con sus uniformes blancos y pulcros, con sus cascos completamente sellados y los visores tintados, ¿qué podría posiblemente ver? Pues dos cosas. La primera, su estatura: apenas alcanzaba el metro sesenta mínimo reglamentario. La segunda, su arma de elección: un fusil con bayoneta. Dos factores lo suficientemente inusuales. Me lamenté no poder saludarlo, era un muchacho agradable y muy inteligente, en cuanto había alcanzado la edad necesaria ya lo tenían patrullando puntos tan importante como Ka’ahl. Prometía una carrera en lo que le restaba de la Academia.

En la misma área, había una chica humana conversando a toda velocidad con una kurvera. No necesité ni tres segundos para reconocerla: Ofelia Eisenhower, la pequeña nieta del mariscal de la URL Enrique Eisenhower; la persecución de ambos había tomado más de la mitad de la vida de mi padre. Ahora sólo quedaba ella, que había resultado igual de peligrosa. Debido a lo mismo, era alto secreto imperial, pues abordarla podía resultar en un grave riesgo para cualquier Caballero. Temí por la vida de esa chica; aunque su estatura era engañosa, más alta de lo que uno esperaría, no era difícil reconocer que apenas tenía la edad de mi hermanito, unos 14 o 15 años.

—¿Estás perdido? —me interpeló uno de los Caballeros, y algunas de las personas se voltearon hacia nosotros. Le miré el uniforme un momento, era el líder del escuadrón.

Acababa de dar un bocado, así que me tapé la boca para hablar.

—Ando mirando.

—Hace rato que andas mirando.

—Estoy esperando a mi prima.

Di otro mordisco y volví a mirar al caballero. Su postura no había cambiado.

—No te veo muy convencido. ¿Dónde se supone que está tu prima?

Un Caballero particularmente bajo se nos acercó.

—Hey —dijo suavemente—. ¿Será necesario? Es humano, no creo que vaya a causarnos problemas. ¿Cierto? —me habló remarcando claramente la palabra. Tragué y asentí con calma.

—No me fío. Míralo bien.

«Ah» pensé entonces. «La ropa». Sabía que era la ropa apropiada para un humano del lado oeste de la grieta, pero los colores grisáceos y las chaquetas no eran muy propias de un humano «de bien». Incluso entre los humanos el Imperio encontraba formas de clasificar a unos como peligrosos sólo por el lugar donde habían nacido.

«Oh, no» me dije cerrando los ojos y soltando un suspiro con paciencia.

—¡Ahí estás!

Sin querer, se me movieron las orejas de la sorpresa, una reacción que siempre me había costado controlar. La muchacha que recién estaba conversando con la kurvera se me acercó en un par de pasos, con casi genuina felicidad, y me dio un golpe en el hombro, jugando.

—¿Se puede saber quién eres tú? —le soltó el policía.

Ella sonrió como si de una broma se tratara. Me miró a mí con incredulidad y luego a él.

—Su- su prima, obvio.

—¿Y cómo puedo comprobar eso? ¿Tienen sus identificaciones?

Contuvo una carcajada.

—Perdón. Perdón. Sí, obvio, es sólo que… —hizo un gesto señalando su estatura y luego la mía—. No sé si usted se topa con personas tan altas todos los días. Pero ya, sí, sólo tengo que buscarla, deme un segundo.

Sin pausar un momento, de debajo de la capa sacó un bolso que llevaba colgado; era de tipo militar, con bolsillos para todo. Abrió el principal y empezó a registrarlo.

—Uy, esto va a estar complicado. Tenme esto —me dijo pasándome un libro. Tuve que sujetar lo que me quedaba de té y de pancito en una mano, mientras extendía la otra para recibirle lo que me estaba pasando.

Aproveché la instancia para mirarla un poco mejor. Fuera de toda broma, sí nos parecíamos un poco; no lo suficiente para pretender que éramos hermanos, pero sí para hacer creer a cualquiera que éramos familia. Sus cejas eran gruesas, un poco más oscuras que su cabello, con el cual cubría cuidadosamente el lado derecho de su cabeza, me pregunté qué estaría ocultando, pero no era momento de fijarme en eso. Mantenía su peso apoyado en la pierna izquierda, pese a que llevaba el bolso colgado del lado derecho; ¿sería debido a algún problema u condición, o mero cruce en la destreza de tronco superior e inferior? En la mano derecha, la que estaba utilizando para dejarme cosas encima, tenía puesto un anillo de plata con un diseño que no alcanzaba a ver, pero lucía complicado.

Su ropa se veía de calidad y poco uso, ni una marca de fatiga de material. Estaba usando zapatillas deportivas blancas con detalles sutiles en rojo oscuro y azul marino, a juego perfecto con su capa (roja) y sus pantalones (azules), y la camiseta clara y holgada que traía puesta. Sin embargo, el broche con que sujetaba su capa me tenía un poco intranquilo, porque no lograba reconocer el sello con total certeza, aunque me parecía conocido; era un escudo familiar, claro, completamente bañado en oro y bien cuidado, pero con notorios años de uso.

Encima del libro, puso una libreta, un pequeño estuche metálico, un mazo de cartas y un pequeño dispositivo de fotografía análoga.

—Ah, aquí está —sacó finalmente una billetera cuya fabricación no pude reconocer, era de tela cosida y no tenía nada de nueva.

Sin embargo, no llegó a abrirla.

—No es necesario. Mejor dime otra cosa, chica, ¿qué haces por acá? —el policía de pronto sonaba mucho más amable, y me giré hacia él con ambas cejas alzadas. «¿En serio?» pensé. La muchacha sonaba convincente, pero no creí que tanto.

—Oh, ando con unas amigas, vamos a la inauguración del museo, pero ya que salimos de Arthur, quisimos dar una vuelta para conocer. Mi tía vive por acá cerca, ¿conoce la…? Eh… ¿Cómo es que se llama la…? Allá en el bosque, vamos, animales resguardados, cuidadores, ¿cuál es la palabra?

Parpadeé varias veces, recuperándome.

—¿La reserva? —pregunté y ella asintió vigorosamente— Casa Jafar.

—Eso, eso, allá.

El policía nos miró alternadamente el uno al otro, hasta que nos hizo un gesto para que nos fuéramos.

—Ándense con más cuidado —nos regañó, girado completamente hacia mí.

Ella tomó todas sus cosas y las guardó meticulosamente en el bolso.

—Por supuesto, no se preocupe. Ya, vamos. No puedo creer que comieras sin mí, me muero de hambre.

Me dio un codazo suave en las costillas y comenzamos a caminar hacia los locales de comida más caros y refinados. Cuando estuvimos a suficiente distancia, ella se volteó y luego me sonrió. En el movimiento, pude ver que del lado derecho asomaban unas cicatrices muy antiguas en el cuello y en su oreja.

—¿Realmente estás esperando a tu prima? —preguntó en un susurro y sonreí.

—¿De qué hablas? Pero si la acabo de encontrar.

Se rio conmigo.

—Soy Mila. ¿Tú cómo te llamas?

—Erik —contesté sin pensar—. Adler.

El nombre y apellido que mi madre me había puesto. En el pueblo del que venía mi mamá. Donde todavía vivía mi tío del mismo apellido. Experto en sigilo, sip.

Mila me miró de arriba abajo, como evaluando algo, y asintió. Sus ojos eran oscuros, y un poco indescifrables; por un momento me sentí verdaderamente examinado.

—Te queda.

Se giró una vez más y esta vez yo también. Eisenhower venía siguiéndonos a una distancia segura.

—Y ¿Qué haces realmente en el pueblo? Con mis amigas vamos a tomar el tren que parte mañana, ya sabes, hacia la costa. Mi mejor amiga está emocionadísima de ver el museo.

—En verdad ando buscando a alguien —admití; una persona tan segura para mentir no era una persona fácil de engañar—. Creí que podría andar en el pueblo hoy, pero… ni rastro. Como si se hubiera esfumado.

Frunció el ceño y miró el piso mientras pensaba.

—¿Es alguien importante para ti?

Esta vez, yo medité mi respuesta.

—Sí y no. Es importante que la encuentre, pero no sé si resulte ser importante para mí. ¿Se entiende?

Entonces llegamos al patio de comidas. En una de las mesas se encontraban las chicas que andaban paseando por las artesanías, y le estaban haciendo señas enérgicamente a mi acompañante.

—La verdad, sí —súbitamente, su tono cambió; de pronto, sentí que debía escuchar cada palabra que saliera de su boca—. Creo que también me ha pasado. Supongo que tenemos el mismo problema —me sonrió con esa complicidad de dos niños que accidentalmente han roto el mismo objeto juntos—. Quizás en vez de buscar, deberías dejar que esta persona te encuentre. A veces las cosas que tanto queremos hallar están en el lugar más obvio, o el más impensado —me sonrió con ternura y sentí una especie de alivio—. Pero ve con cuidado, mira que no siempre voy a estar ahí para sacarte de apuros.

—¡Oh, no! ¿Qué haré sin mi salvadora?

Me reí. Sinceramente me reí. Conversar con ella se sentía tan extraño y agradable, era una sensación familiar y distante. Por un breve momento, me sentí menos solo.

—Hey, si acaso… —«Acaso ¿qué?». Había abierto la boca completamente sin pensar. Pero el impulso había sido más fuerte. Sólo quería un minuto más de eso.

Mila pareció leer mis pensamientos.

—Si acaso llegaras a necesitarme —dijo remarcando las palabras cuidadosamente—, nos estamos quedando en el Hotel Principal —«Oh. Eso sí que es tener dinero para tirar para arriba»—. El que está frente a la estación de trenes. Sólo tienes que preguntar por alguien de apellido Eisenhower, es el de nuestra guía turística.

«Menuda guía…».

Agaché la cabeza y asentí.

—Gracias —murmuré.

—No olvides que es una oferta de tiempo limitado —bromeó, y se marchó hacia sus amigas.


 Capítulo Anterior.                    Capítulo Siguiente.



[1] Especie de apariencia antropomórfica, cuya piel puede ser de una mayor variedad de colores y comúnmente posee un patrón que contrasta notoriamente con la tonalidad de base. Del cráneo les brotan cuernos cortos, los cuales pueden ser de madera, hueso, piedra o pelo petrificado dependiendo del ambiente de desarrollo del individuo; éstos pueden mudarse y cambiar varias veces a lo largo de su vida.

Comentarios

Entradas populares